Se dice que, siempre, el son, la rumba y la conga (músicas negras o mestizas) vienen a salvar a la música cubana.
En la década de 1920 comenzaron a invadir a Cuba los primeros grupos y orquestas de jazz de los Estados Unidos. Casualmente y, por fortuna, es también entonces cuando el son se introduce en la capital. Los sextetos se inician con El Habanero. La fiebre de sextetos y septetos lidera una tenaz resistencia contra lo foráneo.
El Sexteto Habanero, ajeno a todas las modas creadas, nos traía el son. El son de Oriente, sorpresivo, raro, poco conocido —o acaso muy olvidado— por el hombre de la capital, que venía a oponerse oportunamente a la ofensiva frontal del jazz. A la loma de Belén, Cabo de la guardia, Mujeres no se duerman, Las cuatro palomas, Papá Montero, y otros cantos que eran la base del repertorio del Sexteto, se hicieron populares en un día, haciéndonos olvidar lo que el jazz nos hubiese revelado acerca de un tipo de música urbana, sumamente estimable, extraordinariamente seductora, pero que estaba en camino de sustituir el arsenal de nuestra prodigiosa batería afrocubana por la presencia funcional del "drum": de eliminar los elementos sonoros constitutivos de nuestros conjuntos populares a favor de las "brass sections" y de los saxofones, sobre todo, de los conjuntos norteamericanos. Una vez más se manifestaba el espíritu creador, nacionalista, inventivo dentro de lo propio, del músico popular cubano".
Efectivamente, hacia 1925, el son era dueño de la plaza de La Habana, el género de la canción lírica también hacía lo suyo, igual que el bolero. La habanera creaba temas muy nacionales. Los músicos cubanos, como siempre han sabido hacer, transformaban en criollo todo lo que llegaba del exterior.
La fuerza percutiva, las abundantes variables tímbricas propiciaban una música de enfrentamiento muy novedosa. Ese es el motivo por el cual Carpentier escribió que "la única fuerza sonora que ha podido equipararse con la del jazz, en el siglo XX, es la música cubana".
Desde aquellos días de 1920 hasta hoy la historia es larga. Cuando el danzón entró en una crisis, el son vino en su ayuda y entre los dos crearon el danzonete (1929), con el talento de Aniceto Díaz. Ese maridaje de lo negro, lo blanco y lo mestizo posibilitó una serie de nuevas músicas como las creadas por los hermanos Israel y Orestes López (finales de la década de 1930 y 1940) en la orquesta Arcaño y sus Maravillas; el mambo de Pérez Prado (1949), que invadió al mundo y dejó estupefactos a los especialistas; el cha cha chá de la década de 1950, el mozambique, el pa´cá, el pilón, el dengue de la década de 1960.
Las explosiones de Revé-Formell (1969), Juan Formell con Los Van Van (1970), Irakere (1973), Son 14 con Adalberto Álvarez (1978), Revé y el Charangón (1984-1988), con Juan Carlos Alfonso al piano y en las orquestaciones. NG La Banda, en 1988, con el boom de la salsa cubana, iniciado en 1989 con la Gira por los Barrios Habaneros, y un nuevo concepto musical, sonido, estilo y timbre nacional timbero. En toda la década de 1990 dominaron la partida la salsa cubana, el renacimiento del son y la trova tradicional con el fenómeno Buena Vista Social Club.
A pesar del bloqueo de la industria capitalista de la música y el disco, la música cubana se impone con la rebeldía y el empuje de un ejército de instrumentistas de alta escuela y de la tradición oral que pervive en pueblos, barrios, carnavales y fiestas.
Esa es la fuerza poderosa de la música cubana, música de resistencia, que sigue siendo apreciada en el mundo, para honor de nuestra cultura.
Fuente cubahora
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